TREINTA AÑOS ATRÁS

Durante el año 1989 los planetas se alinearon y, de repente, me encontré en una encrucijada. Había firmado contrato por tres años con la discográfica PDI (España), la misma que llevaba al grupo “El último de la fila” (Manolo García y Quimi Portet). También estaba ensayando la obra de teatro que se estrenaría en el teatro Goya de Barcelona “Los ochenta son nuestros” de la dramaturga Ana Diosdado, con la dirección de la joven Amparo Larrañaga. Estuve junto a Pere Ponce, le recuerdo perfectamente porque es nacido en octubre (libra) igual que yo, ambos somos del mismo año (1964). No olvido el incidente con Luis Merlo a mi regreso de Mallorca, después de un largo fin de semana en el que había solicitado matrimonio a Susana Giménez Sánchez. La desafortunada conversación, además del inapropiado incidente con la dirección de la discográfica… ambas situaciones existentes, extremas y abusivas, me ayudaron a decidirme. Así es como me alejé de la vida bohemia del artista, dejando atrás una carrera en ciernes.

Me casé en julio 1989. Recuerdo que no tenía fecha para la boda en una iglesia. Tampoco una vivienda. Sin embargo, en Cala Galdana le prometí a Susana que nos casaríamos y, con ese nombre bauticé a nuestro «pequeño castillo de ensueño» en lo alto de una montaña de Caldes de Montbui (El Farell). Me gustaba pasear por las montañas, salir a correr por las mañanas y meterme luego con Susana en el jacuzzi. Las tardes de domingo, frente al crepitar del fuego, eran realmente fantásticas (mejor que la televisión). Al estar a 800 metros de altura sobre el nivel del mar, podías ver a lo lejos el azul que bordea la costa de Barcelona. En la noche, el valle parecía un árbol de navidad recostado, descansando tranquilamente con todas su lucecitas prendidas. Cuando llovía, casi podías estirar los brazos desde el porche y agarrar los relámpagos. Fuimos muy felices, con más razón, cuando llegó al hogar nuestra maravillosa hija Ágatha… por Agartha (Tierra o Gaia).

Pero con ella llegó una noticia fatal. Las cosas nunca son como nos gustaría que fueran. A menudo aparecen circunstancias imprevistas que jamás hubieras querido que te alcanzaran. La tragedia trunca vidas. Para mí era un triunfo. Un grandioso sueño hecho realidad. Durante mi adolescencia, mi anhelo fue fundar una familia llena de amor. Mi infancia nunca fue agradable. No tuve estabilidad. Mi padre y mi madre pertenecían al mundo de la farándula. Yo fui un niño artista ya con tres años. Todavía recuerdo la presión en mi espalda… me encontré prácticamente desnudo bajo un calor tremendo y una luz cegadora y, no por gusto o decisión propia, si no por obligación, siguiendo la autoridad familiar. Sin saberlo, estaba participando en un desfile de verano. Llevaba un cubo de plástico y una pala y, no sabría explicar el motivo exacto, pero algo me impulsó a simular que estaba en la playa. Me agaché para recoger arena y meterla dentro del cubo. Escuché una ovación… muchos aplausos. Continué avanzando por la alfombra roja que señalaba el recorrido a seguir. 

Tal vez el tiempo sea circular. Tal vez deban cumplirse las cosas que están escritas. Estoy de nuevo aquí, en la primavera de 2019, treinta años después, justo en el mismo punto donde lo había dejado… con la música supurando por las yemas de los dedos, con mi alma escapando por la  punta de la lengua y, además, con muchas cosas que contar y compartir, después de haber vivido tan intensamente como lo he hecho.

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